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De la pandemia y otros males en el fútbol nacional

Con la llegada de la pandemia el mundo se puso de cabeza. Las cosas que parecían trascendentales dejaron de serlo y cobraron sentido aquellas que se suponían triviales.

El fútbol, como parte de la vida, no podía estar exento; sin embargo, las decisiones que toman los actores de pantalón largo siguen afectando nuestro deporte favorito.

El protocolo que, con buenas intenciones -dicen que el camino al infierno está lleno de ellas-, elaboraron los dirigentes del balompié costarricense pareciera que a veces se vuelve irracional.

No sin una pizca de asombro observo que, en cada juego de la Primera División, los jugadores no pueden dar rienda suelta a la emoción que supone el gol. Un toque de puños, a veces una palmada, una sonrisa y grito solitario que se pierde en la soledad de un recinto vacío.

Y cuando alguno de estos protagonistas se sale del libreto, deja fluir su emoción y osa celebrar con sus compañeros en un simulacro de abrazo, entonces el Tribunal Disciplinario sanciona al club con una multa económica.

Cuestiono entonces: ¿por qué de esta sanción?, ¿cuál es su objetivo? Digo, en un caso así quienes se abrazan, celebran, ríen y dan rienda suelta al júbilo del gol, no son acaso miembros de una burbuja laboral, en este caso, su equipo. ¿No entrenan a diario juntos?, ¿no comparten vestuario cada día?, ¿no viajan en el mismo bus?, ¿no se concentran en los mismos hoteles?, ¿no reciben juntos la charla técnica? Y aún más, dentro del juego, ¿no se agarran con sus rivales en un tiro de esquina o en la disputa de un balón?

En Europa, los jugadores celebran con toda libertad sus goles; se abrazan y no pasa nada, porque parece que en el Viejo Continente comprenden que son parte de la misma burbuja que, estoy seguro, periódicamente, se somete a pruebas para detectar positivos.

Pero bueno, aquí seguimos en Tiquicia, donde, muy a menudo, jugamos a ser más papistas que el Papa.

Otros males

Y mientras esto pasa, ahora se discute en las altas esferas dirigenciales la posibilidad de reabrir las puertas de los estadios para el público. La propuesta ya fue presentada para que, a partir del 6 de marzo, los aficionados puedan regresar a las gradas.

No obstante, ya surgió el primer pero. Resulta que varios clubes pretenden que se permita un aforo del 100%; caso contrario seguir como estamos; es decir, sin público. Alegan que abrir puertas para apenas el 25% resultaría más costoso que seguir a puerta cerrada. Esto porque la organización tendría que incurrir en gastos operativos como seguridad, limpieza, vendedores de boletos y una serie de rubros más que en esas condiciones no son rentables para los clubes, pues, dicen, esto costaría alrededor de ¢ 3 millones por encuentro.

Es un tema que se las trae. Por otro lado, esta semana se dio a conocer la cancelación del torneo de la Liga Nacional de Fútbol Aficionado (Linafa). Y ahí sí que la pandemia ha sacado a la luz una serie de trapos sucios que tienen a la organización en una situación tan crítica como caótica.

Hay denuncias por el alza desproporcionada en los costos de ambulancia, alquiler de estadio, contratación de personal de seguridad, entre otros gastos propios de la organización de los juegos de este torneo. Algunos, aseguran, que hay clubes que debían cancelar hasta medio millón de colones en estos rubros.

Ante la ausencia de campeonato en Linafa, la Liga de Ascenso decidió congelar el descenso y, como si eso fuera poco -eran muchos y parió la abuela, dirían nuestros abuelos-, el Sporting F. C. presentó una solicitud para hacer lo mismo con el de la Primera División y, oiga usted, parece tener buen ambiente. Pues nada, no nos extrañemos si el próximo certamen se realiza con 13 equipos en Primera y 19 en Segunda.

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